Hace unos días me decía un amigo, de esos con los pies en la tierra,
más pragmático que utópico, votante modelo de Ciudadanos, que el mayor problema
de Podemos es que dan miedo.
Yo, progresista vocacional y profundamente hastiado de un bipartidismo podrido no podía más que echarme las manos a la cabeza al
comprobar cómo la campaña tan burda y bananera operada por el establishment
político y económico obtiene unos resultados tan beneficiosos para sus intereses.
¿A qué nivel de abducción hemos caído para ser convencidos, de mano de nuestros
verdugos, de que aquello que está por venir pueda resultar más peligroso que lo
que sabemos por experiencia que nos ahoga?
Sin embargo no queda otra salida que hacer de tripas corazón y aceptar
la realidad, sea cual sea, por más desoladora y descorazonadora, y seguir
trabajando a partir de esa misma realidad. Si Podemos da miedo -y es un hecho que lo
da, a tenor de los resultados electorales-, trabajemos para desmentir esa
proclama que es, llanamente, una mentira, y además una mentira inducida, o sea, culpable.
Ya he comentado en otros artículos que el temor a la incertidumbre que
representa la perspectiva de un cambio significativo es completamente natural,
un mecanismo de defensa que nos pone en guardia ante una realidad que maneja
unos parámetros que no sabemos si controlaremos por completo.
¿Por qué cala tanto el miedo en gran parte de la ciudadanía? Por
muchas razones, entre las cuales sin duda la más grave consiste en la
permanente y brutal sobreexcitación de ese miedo natural hacia lo nuevo; un
sentimiento fomentado desde esos poderes enraizados en las distintas
instituciones. Una incitación al miedo que se acabará transformando en odio,
pues se remarca la idea de una diferencia irreconciliable, acusando a la parte
contraria de pretender agredir nuestro placentero
estado del bienestar.
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Manel F, para Eldiario.es |
Y es que el propio concepto de ganar
o perder
unas elecciones es erróneo, dándonos pistas de la intencionalidad de la clase
gobernante que desea que los electores andemos enfrentados. La famosa máxima divide y vencerás mantiene un grado de
utilidad superlativo, pues vemos que los politicuchos de turno aprovechan que
nos centramos en rifirrafes improductivos mientras ellos hacen y deshacen a
nuestras expensas.
Por eso me he propuesto no
enfocar asuntos de corte político, social o religioso desde una posición de
reproche hacia aquéllos con quien discrepo, sino ser constructivo proponiendo
mi visión al respecto de una forma razonada.
Yendo a lo concreto: ¿Podemos da
miedo? Sí, pero no de la forma en que nos hacen temerlos. Da miedo por
representar una incertidumbre, pues carecen de experiencia que los avale. En
ningún caso pueden dar miedo por la sarta de barbaridades de la que se les acusa
masivamente desde intereses pueriles.
Los partidos tradicionales,
pagados de un corporativismo soez, sólo saben defender sus siglas y, parafraseando al maestro Iñaki Gabilondo, "no solicitan de sus militantes fidelidad, sino
incondicionalidad", y eso no merece respeto ni para tales partidos que piden
semejante acto de fe, ni para quienes son tan ilusos que se la otorgan.
La banca y los grandes
empresarios los acusan de poner en peligro el sistema económico implantado. Ya
quisiéramos muchos que fuera posible librarnos de semejante tumor, la Humanidad subiría muchos enteros
en calidad de vida y en la mejora de relaciones entre pueblos. Me temo que no es tan sencillo, y sería temerario intentar
dar la vuelta a este sistema, tan enraizado, del que de momento sólo aspiramos
a depurarlo liberándolo de su deshumanización, poniéndolo al servicio de todos
los estratos de la sociedad, no sólo de las élites. Esto es, minimizar la
jerarquía oligárquica para repartir los beneficios de la producción de manera
más equitativa. No se trata de prohibir la existencia de los ricos ni de las
fortunas, sino de reducir las diferencias, de modo que, antes que existan esas
grandes fortunas, se asegure que los mínimos de dignidad de todas las
personas están garantizados. No se trata de estigmatizar a los empresarios,
absolutamente necesarios, sino de no permitir que se practiquen abusos,
exenciones, amnistías, tributaciones en el extranjero y privilegios que perjudican el principio de igualdad de
derechos imprescindible en toda sociedad adulta.
Por tanto, Podemos no pretende quitar
el dinero a los ricos para dárselo a los pobres en la forma que se suele decir
y que suena (a propósito) autoritaria, inquisitiva y utópica. Lo que propone es impulsar una
legislación que impida que nadie se pueda enriquecer desproporcionadamente y a
cuenta de la pérdida ajena de derechos, bajo salarios míseros y condiciones
laborales dignas de otras épocas. A poco análisis que uno haga comprobará que
lo que proponen los morados es de pura justicia.
Cuando muchos de nuestros mayores
tienen la certeza de que estos comunistas van a destruir el país,
desmembrándolo mediante referéndums separatistas, y que van a perder su casa de la
playa, obligados por el Estado a ponerla a disposición de unos okupas piojosos
y vagos; cuando esto lo piensan, literalmente, tantos ancianos (y no tan
ancianos) en nuestro país, uno se indigna ante la indignidad de quienes
fomentan semejante embuste con tal de mantener unos privilegios que todavía los hacen más indignos.
Complejo hasta lo inabarcable es
este asunto, en el que profundizaremos en próximas entradas. Bien está dejarlo
aquí por hoy.
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