El 30 de junio el candidato por Podemos Julio Rodríguez publicó un
tweet en el que acusaba a la mitad de los electores que acudieron a las urnas
el pasado 26J de no creer en la ética, generando una gran polémica.
Inmediatamente fue replicado por decenas de mensajes que cuestionaban al
General, negándole toda autoridad moral.
Es un claro ejemplo de la superficialidad y ‘hooliganismo’ con que
abordamos todo lo relacionado con la política. En cuanto alguien de tal o cual
partido dice lo que sea, es sistemáticamente bombardeado por una oposición
ávida de una confrontación puramente competitiva. Parece que nadie es capaz de someter a
un análisis ‘de mínimos’ lo que ha sido planteado. Esto precisamente es lo que
me propongo en este breve comentario.
Julio Rodríguez ha puesto en duda, abiertamente, la validez moral del
voto a un Partido Popular escandalosamente corrupto y retrógrado, tanto que
-como he podido constatar en mi ámbito laboral, familiar y social- muchos de los que decidieron votarles, lejos de celebrar los resultados
obtenidos, callan y evitan participar en discusiones que los delaten: se
avergüenzan.
Pero, ¿es legítimo insinuar que carecen de ética o que no creen en ella? Rotundamente
no. Todos, absolutamente, nos movemos en base a consideraciones éticas
universales (no matarás), pero también personales. La percepción de cada
individuo va en función de su educación, ambiente, influencias recibidas, su capacidad
crítica o sumisa y mil circunstancias más que contribuyen a configurar una
opinión enteramente propia.
Los votantes de PP no carecen de capacidad ética; toman sus decisiones
exactamente igual que los que hemos votado a Podemos. La diferencia reside en la credibilidad que unos y otros damos a la información disponible.
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Julio Rodríguez. Imagen extraída de elventano.es |
Clarificando lo que intento explicar: los que han dado su apoyo al PP
no lo han hecho deseando que nos sigan robando, mas esperan que el partido se
regenere y gobiernen con honradez. El problema -siempre bajo su prisma- es que
se ven ante la tesitura de elegir entre un mal conocido y la perspectiva de
otro mayor. Son perfectamente conscientes de que el partido de Rajoy es más que
reprobable, pero ven en Podemos una amenaza aún mayor, fruto de la campaña del
miedo de que esta formación ha sido víctima, pero no tienen extirpada la virtud
ética.
Consideran que con Podemos peligra la economía, la propiedad privada,
la unión nacional, el futuro y el presente de las pensiones, y que nos van a
arrastrar, vía Comunismo, a la apocalíptica situación de países como Grecia o
Venezuela. Todas estas razones son discutibles (yo diría que manifiestamente
falsas), pero lo cierto es que las creen, así que, en honor a su ética,
consideran más beneficioso renovar a un partido corrupto y absolutista (lo malo
conocido) que optar por el peligro mayor que representa lo desconocido (lo bueno por
conocer).
No podemos negarles su capacidad ética. Son discutibles, eso sí, los
elementos de juicio que los han movido a optar por lo malo conocido, inducidos –por
no decir abducidos- por ese miedo a lo bueno por conocer, pero jamás han
renegado de la ética. Seguramente se les pueda calificar de ingenuos, crédulos
o temerosos, pero reconozcamos que la ética no es un atributo perdido.
Considero que todos los puntos de vista, todas las posiciones, todas
las barricadas, exponen puntos erróneos y acertados. Conviene –y mucho- que
maduremos, que seamos capaces de confrontar opiniones, y no posiciones; ideologías, y no
partidismos. Si aspiramos a construir un país mejor precisamos elevar el nivel de
discusión, rescatándolo de las garras de la irracional competitividad entre partidos
fuertemente implantada para situarlo en el terreno de los planteamientos puramente políticos,
ideológicos y filosóficos, despojándonos de ese ‘hooliganismo’ imperante.
Sólo podremos avanzar considerablemente desde una bienintencionada y constructiva
actitud que aporte y, a la vez, incorpore aportaciones externas, todo dirigido
al bien común.